La sirvienta respondió apresuradamente: —Sí, señor. La señora llevó su propio equipaje.
—Parece que ha aprendido bastante desde la última vez— murmuró Mario antes de subir las escaladas.
Al llegar arriba, notó que aún no era hora de levantarse, así que decidió volver a la cama.
El ligero aroma de Ana todavía impregnaba la almohada, un olor que atrapaba el alma de Mario.
Le encantaba el olor de Ana.
Siempre ella estaba limpia y llevaba consigo un suave aroma a gel de ducha. Cada vez que hacían