Dos días después, Ana vendió la casa.
La residencia, valorada en 10 millones, fue rebajada a 6 millones por el comprador, lo que hizo que Carmen maldijera su avaricia.
Sin embargo, Ana, apretando los dientes, dijo: —¡Véndela!
Porque su hermano no podía esperar dentro, y aparte de los honorarios del abogado, la familia Fernández tenía enormes deudas que cubrir. Bajo tanta presión, Ana realmente no tenía otra opción.
Después de vender la casa, ella encontró una manera de ver a Luis.
Luis, de aspec