La suavidad inesperada en las palabras de Mario siempre tenía la capacidad de conmover a Ana.
A pesar de su profunda decepción hacia él, su corazón no podía evitar sentirse atraído de nuevo.
Sin embargo, ella seguía siendo lúcida.
Cuando Mario se acercó y la presionó suavemente bajo él, besándola con ternura, Ana sintió una tristeza abrumadora. Acarició su rostro y le preguntó con voz suave: —Entonces, Mario, ¿me amas?
Mario nunca decía «te amo» y nunca había amado a nadie. Su silencio era una