La brisa le acaricia el rostro y le levanta varias hebras de cabello, mientras que su cuerpo tiembla por el impacto de los galopes rápidos del caballo, pero esa no es la única razón para las sacudidas.
Una angustia le martilla el pecho cada vez más fuerte, al punto de que la respiración se le torna casi imposible de llevar a cabo.
Debe parar.
—¿Estás bien? —cuestiona Gael, cuando nota que Leoncio se ha detenido y que su rostro luce pálido.
—Lo siento, pero necesito regresar. No sabría explicarl