Leah se refugió en el hueco de su cuello, embargada por una emoción tan intensa que sentía latir su propia sangre bajo la piel.
Después de un rato que para ella tuvo sabor a eternidad, Noah la levantó y en sus brazos la llevó al pequeño río que fluía justo al límite de la entrada del sitio.
La vidente se aseó con cierto pudor. De reojo se cercioraba de que no la mirara de más.
«Ay, qué idiota, no es como que él ya no te haya visto los pecados», se regañó en su interior.
Luego de eso él volv