Leah no se sentía bien.
No supo precisar el momento exacto en que el cuerpo empezó a fallarle; solo sintió que, de pronto, el aire pesaba más de lo normal. Se quedó en su cuarto, con la puerta cerrada, las manos aferradas a la tela del vestido como si eso pudiera sostenerla. El llanto llegó sin aviso. No fue elegante ni silencioso. Fue cansado. Profundo. Un llanto que no pedía consuelo, solo salida.
No sabía si lloraba por la loba que casi la golpeó esa mañana, por las miradas que ahora la s