Noah fue a verla cuando el sol apenas comenzaba a filtrarse por las rendijas de piedra.
No avisó.
No golpeó.
Abrió la puerta con la costumbre de quien manda.
La encontró sentada en el borde de la cama, con el cabello suelto y revuelto, como si acabara de incorporarse. Los ojos brillosos, aún atrapados entre el sueño y la vigilia. El vestido holgado caía de forma descuidada sobre su cuerpo y, por un segundo, tuvo la absurda impresión de que ella no pertenecía a ese lugar. Que era algo demasiado