Observó la suciedad en su ropa. Las heridas mal atendidas. El olor extraño que cubría su piel: hierbas mal aplicadas, intentos torpes de ocultar su rastro. Eso no era protocolo de destierro oficial. Eso era supervivencia.
—Lucian no destierra —dijo al fin—. Castiga. Mata. O rompe hasta que no queda nada.
Dio un paso lento hacia ella. Se detuvo otra vez, como si una línea invisible se lo impidiera.
—Pero también se cansa —añadió—. Y cuando algo deja de servirle… lo arroja lejos.
Cassian frunció