El pecho de Rutt era un volcán a punto de erupcionar.
Sus ojos, normalmente claros y cálidos, parecían dos pozos negros de deseo incontrolable.
Aspiró con brusquedad. Desesperado.
Soltó a la loba inconsciente y la dejó tendida en el suelo frío.
Su mirada osciló de un lado a otro, hasta clavarse en ella: una loba joven, temblorosa, con el aroma fresco del primer celo aferrado a su piel.
Ese olor lo enloqueció.
La loba, que abrazaba asustada a los cachorros, lo vio avanzar en su direcc