Leah intentó soltarse del agarre del alfa.
—¡Estoy bien! —le dijo en un tono bastante directo, uno que jamás se usaría para dirigirse a un alfa.
Noah abrió su puño. La vidente cayó al suelo.
—Pareces más muerta que viva —y no bromeaba ni exageraba.
Leah permaneció con las rodillas en el suelo. Las voces se alejaban cada vez más. Un escalofrío recorrió su espalda y el piso se llenó de sangre.
Por instinto, Leah tocó su rostro. Esa sangre era suya.
—¿Acaso se golpeó al caer desmayada?