Marina apartó instintiva la mirada, volviendo su rostro hacia otro lado, sin atreverse a volver a mirar a Diego.
Él, esbozando una ligera sonrisa, permitió que su expresión se volviera más sombría.
Cuando las luces del salón se encendieron, Marina, con los labios fruncidos, trató de liberar su mano.
Diego, al notar la luz, finalmente soltó su mano, sin querer presionarla más.
Se acomodó bien en su asiento, y la fragancia de ella, que antes parecía envolverlo, comenzó a desvanecerse poco a poco.