Esta tarde, en el pequeño pueblo, la lluvia fina caía sin cesar.
Marina estaba de pie afuera del hospital, esperando con ansiedad el arribo de un coche. Con una mano sostenía una maleta y con la otra un paraguas. Su figura parecía en gran manera solitaria. Había prometido a Camilo regresar para el divorcio; en ese momento no tenía tiempo para un aborto programado.
Un coche se detuvo frente a ella. Un brazo tatuado con una mamba negra descansaba en el borde de la ventana, con dos dedos sostenien