—Iker, ¿puedes por favor dejar de mover los pies? —dijo Víctor, con tono educado pero serio, tratando de calmarlo.
Iker, parpadeando, giró el flotador y sus pies terminaron apuntando en otra dirección.
—Qué buen cuerpo tienes —comentó Iker, mirando a Víctor con una sonrisa traviesa.
Justo en ese momento, Iker cambió de dirección y Ulrico, en calzoncillos, se metió al agua.
Ulrico, con cara de resignación, murmuró:
—Y qué travieso eres.
Víctor, como padre, sonrió divertido.
Ya con los años, los t