Después de varios días de lluvias intensas, hoy el cielo estaba cubierto por una suave llovizna.
Yulia e Iker se levantaron temprano, desayunaron en silencio y, sin decir mucho, se dirigieron directo a la habitación del hospital. Se quedaron allí sentados, por un largo rato tratando de no hacer ruido para no molestar a Diego.
Diego, apoyado en el cabecero de la cama, observó atento cómo sus hijos permanecían tranquilos. Con una sonrisa suave, les habló.
—Yulia, tu mamá me dijo que ya estás toman