Cuando Diego terminó de organizarse y se dirigió al cuarto de Iker, lo encontró profundamente dormido. Se acercó a su cama y, con dulzura, le dijo:
—Iker, despierta, es hora de comer pastelito.
Pasaron unos cuantos segundos hasta que Iker abrió los ojos de golpe, como si fuera un ligero resorte, y con toda su energía gritó enseguida:
—¡¿Pastel?! ¡Quiero comer pastel!
Saltó emocionado de la cama como si no pesara nada y corrió directo al baño a cepillarse los dientes. Diego no mentía, había prepa