Yulia se despertó a las nueve de la mañana y, justo en ese preciso momento, vio el mensaje de su novio. Apresurada mandó a su guardaespaldas para que fuera al Barrio San Martín a recoger el desayuno.
Cuando bajaba las escaleras, aún medio dormida, vio en ese momento a su mamá persiguiendo a Iker con un látigo. Yulia de repente se detuvo en el escalón, sin atreverse a bajar más.
Iker corría como un verdadero atleta, con su usual agilidad.
—¡Mamá, perdón! ¡Te juro que no lo voy a hacer otra vez!
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