Eduardo llegó a casa con una sonrisa de oreja a oreja que iluminaba su rostro.
Se dirigió directo al jardín trasero, donde Luna cuidaba con delicadeza sus flores. Apenas pudo contener la emoción:
—Amor, tengo algo increíble que contarte.
Luna dejó las flores a un lado y lo miró con cierta curiosidad:
—¿Qué pasó? Tienes una cara de felicidad que ya me tienes intrigada.
Eduardo tomó cariñoso sus manos con seguridad, y con los ojos llenos de emoción, dijo:
—Encontré a nuestra hija.
Luna se llevó la