A la mañana siguiente, Marina y Diego despertaron exhaustos. Diego, masajeándose las sienes, se dejó caer en el sofá, consciente de que pronto tendría una reunión importante. Marina, a su lado, también se recostó en el sofá, esperando junto a él a que Daniel trajera el desayuno.
—La próxima vez, deberíamos ser un poco más mesurados —sugirió Marina, masajeándose la cintura y soltando un suspiro entre complacida y agotada.
Diego no respondió; solo la miró fascinado mientras observaba su respiració