Al terminar de formular sus preguntas, Mauricio dio unos pasos hacia el centro de la sala, colocándose en un punto medio entre el estrado de Gabriela y el escritorio del juez. Se abotonó la chaqueta del traje y, con una voz profunda que resonó con fuerza en cada rincón del tribunal, hizo su alegato de cierre para esa declaración.
—Señor Juez —dijo Mauricio, extendiendo la mano abierta hacia el estrado—. ¿Qué testimonio podría ser más valioso y contundente en esta corte que el de la propia esp