El viento nocturno agitaba las hojas de los rosales en el jardín bajo, trayendo consigo el olor amargo del mar y el óxido. Don Gervancio, con el rostro pálido por la falta de aire, mantenía los labios apretados mientras el mercenario le hundía ligeramente la punta del acero en el cuello. Una fina gota de sangre roja y brillante comenzó a correr por la piel arrugada del anciano.
—¡Abuelo! —gritó Selena, intentando dar un paso al frente, pero la mano de Christopher se cruzó en su pecho con la f