El olor a antiséptico, lavanda y sangre impregnaba la estancia de la Torre Este. Selena permanecía sentada en la silla de madera junto a la yija de Christopher, sin haberse quitado aún el vestido verde esmeralda. Las manchas oscuras de sangre en la seda del talle eran el testimonio de la noche salvaje en el jardín, pero ella se negaba a ir a sus aposentos a cambiarse.
Don Gervancio ya descansaba en sus habitaciones, protegido por cuatro guardias de la casa de Acasias. Paolo había intentado sa