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Olaia me acompañó a llevar a la abuela y a Felipe de regreso a la antigua casa de la familia Hernández.
Felipe parecía algo aturdido, pero mostraba una notable cercanía con la abuela.
De vez en cuando me miraba y sonreía de manera tonta, aunque no me decía nada.
Solo la llamaba hija de vez en cuando.
Al ver a mi madre, la saludó como querida. Gracias a su habilidad para manejar las expresiones, logró contener el impulso de poner los ojos en blanco.
Felipe tampoco había hecho ninguna mención