—¿Ya lo sabías? —pregunté, dándome cuenta.
Mateo asintió.
No pude evitar murmurar: —Entonces, ¿por qué fingías?
Mateo se defendió: —No sabía que me llamabas por eso, pensé que me extrañabas.
Le di un leve resoplido, pero respondí sinceramente: —Sí, te extrañaba, Mateo. Estar contigo es lo mejor.
Mordí mis labios: —¿Cuándo vuelves?
—Pronto, en uno o dos días.
Mateo intentó tranquilizarme: —No te preocupes por Felipe. La abuela no lo dejará molestarte.
—¿Y si ella decide llevarlo de regreso a la f