—Estoy bien.
Me sequé el cabello con la toalla y, una vez que mi cuerpo dejó de estar entumecido, miré a Mateo y le pregunté: —¿Ha pasado algo en internet?
Él respondió: —¿No era tu obra?
—¿Qué?
Le devolví la pregunta, confundida.
Mateo me miró un momento, levantó una ceja y dijo: —Vaya, te sobreestimé.
Luego sacó su celular del bolsillo y me lo tendió: —Mira por ti misma.
—¿La contraseña?
—Tu fecha de nacimiento.
—¿Qué?
Me quedé perpleja un instante.
Él arqueó las cejas: —No te hagas ilusiones,