Unos diez minutos después, el coche entró despacio al patio de la mansión.
—Ya llegamos, Marc —dije al mismo tiempo que abría la puerta del coche.
Para mi sorpresa, el hombre ebrio e inconsciente, se inclinó junto conmigo al abrir la puerta.
Fruncí el ceño, tuve que sostenerlo a la fuerza.
—¿Puedes caminar por ti mismo? —le pregunté.
No hubo respuesta…
Tuve que llamar por teléfono para despertar a Marta, que dormía plácidamente, y entre nosotras llevar a Marc a su habitación.
—Señora, ¿en qué