Aunque la tela nos separaba, la piel de mi cintura se sentía ardiente temperatura del hombre.
Me sentía poseída por un demonio, incapaz de moverme, pero afortunadamente mi mente estaba lúcida.
—Lo hemos dejado claro. No quiero que haya una tercera persona en nuestro matrimonio.
—Lo siento —dijo el hombre con la frente apoyada en mi espalda, en voz baja y con pesar.
¿Ablandaría mi corazón? Por supuesto que sí. Nadie podría borrar de un plumazo los sentimientos de años y años. Quería ceder y darl