Salí de casa y, al instante, vi el auto de Olaia.
—Perdón por hacerte esperar —dije con una sonrisa mientras me subía al vehículo.
Olaia arrancó el motor y me miró con una sonrisa sutilmente cómplice.
—Lo entiendo —respondió con un tono enigmático.
Me abroché el cinturón, sintiéndome algo incómoda con el tema que surgió, especialmente porque el centro de la conversación era yo misma.
Decidí cambiar de tema rápidamente: —Dime, ¿realmente has decidido dejar a José?
Olaia levantó la mano en señal d