Yolanda echó un vistazo y, tras abrazar al niño, le dijo a Mateo: —Si Diego sigue así, se puede resfriar. Iré a la habitación de al lado. Si necesitas algo, no dudes en llamarme.
Mateo asintió en silencio.
Yolanda comprendía cómo se sentía en ese momento.
Pero no lograba entender por qué, a pesar de todo lo que habían pasado, la carga seguía siendo tan pesada. El destino era tan caprichoso.
Ahora el niño no nacido también estaba sufriendo.
Esperaba que su sincera oración pudiera lograr que Dios