C37: No puedes prohibirme nada.

Vidal tenía los ojos enrojecidos y un cristal húmedo los cubría, como si estuviera conteniendo las lágrimas. Ámbar lo observaba sin poder creer lo que veía, nunca antes había visto a Vidal así, tan descompuesto. Había pasado años viendo en él a un hombre orgulloso, dueño y seguro de sí mismo y de todo lo que lo rodeaba. Pero ahora lo tenía frente a ella invadido por una desesperación que desbordaba toda su compostura.

Era extraño, casi perturbador, verlo tan devastado, tan dolido por lo que ell
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