Vidal ya había logrado que Celestine conciliara el sueño. La había acomodado con cuidado en la cuna y permanecía inclinado sobre ella, observándola en silencio, como si necesitara asegurarse de que seguía allí, tranquila, respirando con suavidad.
Fue entonces cuando el sonido insistente de unos golpes en la puerta principal rompió la quietud de la casa. Vidal se irguió, salió de la habitación y descendió las escaleras. Al abrir la puerta, se encontró frente a frente con Ámbar.
La miró de arriba abajo durante unos segundos, como si necesitara confirmar que no se trataba de Alaska.
—Ámbar… eres tú, ¿verdad?
—Hola, Vidal.
La presencia de Ámbar lo dejó completamente descolocado. No la esperaba en absoluto. El asombro se reflejó con claridad en su rostro, y tras unos segundos de silencio, logró articular la pregunta que le ardía en la garganta.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Sé que hubo una etapa en la que Alaska se vestía como yo y trataba de comportarse de la misma manera. Por eso entiendo