Vidal ya había logrado que Celestine conciliara el sueño. La había acomodado con cuidado en la cuna y permanecía inclinado sobre ella, observándola en silencio, como si necesitara asegurarse de que seguía allí, tranquila, respirando con suavidad.
Fue entonces cuando el sonido insistente de unos golpes en la puerta principal rompió la quietud de la casa. Vidal se irguió, salió de la habitación y descendió las escaleras. Al abrir la puerta, se encontró frente a frente con Ámbar.
La miró de arriba