El hombre continuaba forcejeando, moviéndose con torpeza y desesperación en el brazo de Raymond, repitiendo una y otra vez súplicas entrecortadas, cada vez más alteradas.
—¡Déjeme ir! ¡Déjeme ya! ¡Suélteme! —gritaba, con la voz quebrada por el pánico.
Raymond no cedió. Mantuvo el arma firmemente apoyada contra la sien del secuestrador, y con el dedo en el gatillo.
—¡Dime quién te contrató! —exigió—. ¡Dímelo ahora mismo! ¿Quién está detrás de todo esto? ¡Respóndeme!
Apretó aún más el brazo alrededor de su cuello, sin darle espacio para escapar.
—Escucha, tú ya no podrás salir de esta. Pero dime algo: ¿quieres ser el único al que yo destruya? ¿Quieres cargar tú solo con todo, mientras los demás quedan impunes? El que te contrató seguirá oculto, en la sombra, sin pagar nada… mientras tú recibes cada una de las consecuencias. Todo lo que tengo pensado hacerte recaerá únicamente sobre ti.
El hombre dejó escapar un gemido ahogado. La injusticia de la situación lo golpeó con fuerza: haber si