El hombre continuaba forcejeando, moviéndose con torpeza y desesperación en el brazo de Raymond, repitiendo una y otra vez súplicas entrecortadas, cada vez más alteradas.
—¡Déjeme ir! ¡Déjeme ya! ¡Suélteme! —gritaba, con la voz quebrada por el pánico.
Raymond no cedió. Mantuvo el arma firmemente apoyada contra la sien del secuestrador, y con el dedo en el gatillo.
—¡Dime quién te contrató! —exigió—. ¡Dímelo ahora mismo! ¿Quién está detrás de todo esto? ¡Respóndeme!
Apretó aún más el brazo alred