Ámbar asintió despacio. Permaneció en silencio unos segundos, reflexionando, hasta que habló con un hilo de voz más sereno, aunque igualmente tenso.
—Iré a buscar algún libro —indicó—, a ver si puedo leer un poco para distraerme. Pero… no quiero irme de aquí. Quiero quedarme contigo.
Raymond levantó la vista hacia ella y asintió con suavidad. En su rostro se dibujó una sonrisa tenue, cansada, pero sincera; sus ojos brillaban con gratitud y afecto, como si aquella simple compañía fuera, en ese momento, lo que más le daba ánimos en una situación como esa. No dijo nada más. No hizo falta. Ámbar comprendió la aceptación en ese gesto silencioso.
Ella se puso de pie con cuidado y se internó entre los altos estantes de la biblioteca. Ámbar siempre había encontrado consuelo entre los libros, y ahora, más que nunca, necesitaba perderse entre lomos y títulos, dejar que la lectura amortiguara, aunque fuera por instantes, el peso de la incertidumbre. Su figura se fue diluyendo entre los pasillos