Vidal entró en la casa cuando los últimos destellos del sol se ahogaban en el horizonte, dejando la sala sumida en esa luz azulada que precede a la noche. Traía varias bolsas en las manos y lo primero que notó fue que el ambiente estaba distinto; no había olor a comida, ni música de fondo, ni el sonido de los pasos de Alaska corriendo a recibirlo.
Ella estaba ahí, sentada en el sofá de la sala, pero se veía extraña. Tenía la espalda tan recta que daba miedo, las piernas juntas y las manos apoyadas sobre los muslos de una forma rígida, como si tuviera prohibido moverse. No hubo beso, ni preguntas sobre su día, ni la calidez de siempre.
Alaska no movió ni un músculo cuando la puerta se cerró. Estaba con la mirada clavada en la nada, con la cara tan blanca que parecía de papel y los ojos perdidos en algún lugar oscuro de su propia mente. Daba la impresión de estar procesando algo tan grande que no le quedaba energía para nada más.
Vidal se quedó quieto un momento, con las bolsas colgando