Vidal entró en la casa cuando los últimos destellos del sol se ahogaban en el horizonte, dejando la sala sumida en esa luz azulada que precede a la noche. Traía varias bolsas en las manos y lo primero que notó fue que el ambiente estaba distinto; no había olor a comida, ni música de fondo, ni el sonido de los pasos de Alaska corriendo a recibirlo.
Ella estaba ahí, sentada en el sofá de la sala, pero se veía extraña. Tenía la espalda tan recta que daba miedo, las piernas juntas y las manos apoya