—¡Eso no puede ser! —el grito de Vidal resonó con vehemencia. Sus ojos, desorbitados por el miedo y la frustración, buscaban aferrarse a los de Ámbar como si en ellos estuviera su última esperanza—. Escúchame bien, Ámbar. No importa lo que digas. Yo no me voy a rendir contigo. ¡No pienso hacerlo!
—Vidal, entrégame el dinero que me pertenece y haz tu vida al lado de Alaska —manifestó Ámbar—. Cásate con ella y cría a tu hijo junto a ella. Ese es mi consejo. No desperdicies tu vida yendo y viniendo detrás de mí, porque no vas a conseguir nada. Como te dije, podemos mantener un trato cordial, si es que eso es lo que deseas de verdad. Pero no conseguirás nada más. Mi amor ya no lo tendrás. Alaska te ama. Deberías valorarla. Así que, por favor, hagamos únicamente lo que corresponde. Dejemos el pasado atrás.
El rostro de Vidal se transformó en una expresión de angustia tan rotunda que por un segundo pareció que sus ojos iban a nublarse. Pareció un hombre desarmado, desprovisto de toda soberb