—¡Eso no puede ser! —el grito de Vidal resonó con vehemencia. Sus ojos, desorbitados por el miedo y la frustración, buscaban aferrarse a los de Ámbar como si en ellos estuviera su última esperanza—. Escúchame bien, Ámbar. No importa lo que digas. Yo no me voy a rendir contigo. ¡No pienso hacerlo!
—Vidal, entrégame el dinero que me pertenece y haz tu vida al lado de Alaska —manifestó Ámbar—. Cásate con ella y cría a tu hijo junto a ella. Ese es mi consejo. No desperdicies tu vida yendo y viniend