CAPÍTULO 34. SU PROMETIDO
Al pasar el tiempo, Carlos Alejandro se sintió extrañado al ver que no bajaba Briana, ya habían desayunado todos, además que los niños deseaban ir al área de la piscina. Se puso de pie y miró su reloj.
—Voy a buscar a Briana —comentó—. Necesito que lleven a nadar a los niños un rato.
—Sí, señor —Eleonor tomó de las manos a los pequeños.
— ¡Vamonos! —exclamaron con alegría.
Carlos Alejandro salió del restaurante y se dirigió al ascensor, descendiendo en el octavo piso, recorrió el largo corredor