CAPÍTULO 43. ¡Servida, señorita!
Había un abismo entre la lentitud de su respiración y el ritmo frenético al que su corazón martilleaba. Leo podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo solo con dar un paso hacia ella. Una de sus manos fue a acariciar su mejilla, rozando su labio inferior con el pulgar mientras la sentía contener el aliento.
Era demasiado hermosa, estaba húmeda y algunas gotas de desprendían de su cabello para caer por su pecho.
—Dime que estás segura, ángel... —murmuró y toda la respuesta que obtuvo fue aque