Una visita inesperada.
Cuando me puse en marcha para regresar a mi habitación, me pegué un ligero susto al ver a mi madre salir tambaleándose un poco. Me adelanté para sostenerla.
—Mami, ¿te pasa algo?
—No, tranquila. Llevaba varias horas orando y, cuando me puse de pie, me mareé un poco. Pero estoy bien. Iré a tomar un poco de té.
—Ok.
Me pareció normal; tenía lógica. Sin embargo, no pude evitar preguntarle nuevamente:
—¿Pero por qué oras tanto? O sea, no eres una pecadora, mami. Eres una santa.
—Mi hija,