Lo que se siente ser libre.
SEBASTIAN
La puerta de la celda se abrió con un fuerte chirrido metálico. Aun así, no me moví de inmediato, seguramente alguien saldría en libertad otra vez, pero no sería yo.
—¡Tú! —ladró un oficial, el mismo que siempre se hurgaba la nariz y se limpiaba en los pantalones.
Estar encerrado día y noche significaba tener poco que hacer, así que observar los hábitos asquerosos de los policías era mi única forma de matar el tiempo.
—¡El de la camiseta verde! ¡Levántate!