El día se sentía interminable, como si el aire estuviera cargado de electricidad y yo no tuviera escapatoria. La boda se acercaba a pasos agigantados y cada momento me recordaba que pronto estaría completamente inmersa en la familia Mancini. Mi corazón latía con fuerza, no solo por la cercanía de Roman, sino por el miedo constante de que alguien descubriera mi verdadera identidad. Cada pensamiento era un cálculo: cómo actuar, qué decir, cómo parecer Elena sin levantar sospechas.
Roman me había