Siento cómo mi espalda se parte en dos cada vez que las contracciones llegan. Apenas rompí fuente, Adam y Sam me llevaron a una sala de parto y, desde entonces, no he parado de gritarle a Adam que es un imbécil.
—¡Eres un imbécil, Adam! —aprieto fuerte su mano y este hace una mueca de dolor.
—No te vayas a quejar, maldito, porque juro que ese dolor no es nada comparado con el que estoy sintiendo —siento cómo llega otra contracción, así que grito fuerte—.
—¡Ahhh, joder, esto duele! —cuando