Estoy en casa, sentada en la sala, esperando a que llegue Adam. Desde la discusión que tuvimos, no supe nada más de él y ahora me estoy comiendo prácticamente los dedos por los nervios que me produce no saber nada.
Escucho la puerta abrirse, así que rápidamente me pongo de pie y corro hacia ella, pero cuando llego, me detengo en seco al ver a Adam con el rostro golpeado.
—¡Dios mío! ¿Qué te pasó? —Me acerco a él, pero este me esquiva.
—Déjame, Luz, quiero estar solo.
—Adam, ¿qué pasó? ¡Responde!