Charlotte pasó la noche en vela, las tres pruebas de embarazo escondidas como un secreto explosivo en el cajón de su mesita de noche. Cada patadita imaginaria, cada oleada de náuseas, era un recordatorio de la vida que crecía dentro de ella y de la tormenta que se avecinaba.
Al día siguiente, llamó a Adriano.
—¿Puedes pasar por casa esta noche? —preguntó, tratando de que su voz sonara normal—. Necesito hablar contigo.
—¿Pasa algo con Sophie? —su tono fue inmediatamente alerta.
—No, Sophie está