Las lágrimas de Valeria caían sobre sus manos, calientes, silenciosas. El contrato, con sus páginas frías y mecánicas, seguía abierto frente a ella. La rabia le quemaba el pecho, pero no podía gritar. No podía golpear nada. Sentía que, si lo hacía, se rompería del todo.
La puerta se abrió de golpe. Valeria, sobresaltada, se giró. Una mujer mayor entró con paso firme. Era de estatura baja, cabello recogido en un moño apretado y delantal oscuro. Su rostro tenía arrugas marcadas, pero en su mirada