La palabra le rebotó en la garganta como un golpe seco. Valeria sintió que el mundo se estrechaba: la habitación, la luz, el tic-tac del reloj —todo se volvía una cámara de asfixia alrededor de esa sola idea: comprar. Comprar a su hijo.
—¿Me vas a apagar? —escupió ella, la voz rota por la incredulidad—. ¿Me vas a poner a trabajar como si fuera un mueble viejo que se barre y ya está?
Alexandre se dejó caer en la silla detrás del escritorio con la calma de quien sabe que ha ganado otra ronda. Sus