Al llegar a casa del funeral de mi padre, me tiro en el sillón y le pido a una muchacha del servicio que me traiga una copa de vino.
—¿Te sientes bien? —pregunta Santiago, sentándose a mi lado.
—Te mentiría si te dijera que sí. Estoy mal, todavía no puedo creer todo lo que hicieron mis padres. Nunca me amaron —sentía un nudo en la garganta que no soportaba, era como si me estuvieran restringiendo el paso del aire y era sofocante.
—Ya, mi amor, olvídate de este momento. Lo importante es que ahora