Estoy terminando de arreglarme para ir a la fiesta mientras Santiago se está dando un baño. Afortunadamente, no ha dicho nada de que no quiere ir, porque lo mato.
Miro que todo esté en orden, pero unas manos en mi cintura hacen que me gire con una sonrisa.
—¿Te he dicho que estás preciosa? —Rodeo su cuello con mis brazos y lo beso.
—Creo que no. —Él sonríe y me acerca más a su cuerpo.
—Estás preciosa, mi amor. ¿Por qué mejor no nos quedamos y disfrutamos los dos?
—Ah, no. Nada de eso. Quiero ir