El motor del auto rugió cuando Alejandro pisó el acelerador con fuerza. El viento golpeaba el parabrisas como una advertencia, y el cielo gris comenzaba a oscurecerse, como si presintiera el peligro. Camila, sentada junto a él, sostenía al pequeño entre sus brazos, sin notar todavía la amenaza que los acechaba.
Alejandro miró por el retrovisor por tercera vez en menos de un minuto. El auto negro seguía ahí, manteniendo una distancia sospechosa, como una sombra aferrada a sus talones.
—Alejandro