El cielo estaba cubierto de nubes grises, presagiando tormenta. El viento soplaba con fuerza y agitaba las hojas secas en la entrada del hospital psiquiátrico San Lucas. A unos metros de allí, un auto negro estaba estacionado con el motor en marcha. Dentro, un hombre de mirada vigilante y semblante firme sostenía su teléfono celular con firmeza.
Marcó un número. Del otro lado, una voz femenina respondió con frialdad:
—¿Dame una buena noticia?
—Ya los tenemos en la mira —respondió el hombre—. Va