La luz tenue de la mañana se filtraba por las cortinas cuando Irma abrió lentamente los ojos. A su lado, el espacio de la cama estaba vacío. Extendió una mano instintivamente, tocando las sábanas aún tibias. Alejandro ya no estaba. Suspiré con fuerza y, mirando al techo, murmuró con amargura y resignación:
—Te perdí… nunca fuiste mío.
El silencio de la habitación parecía hacer eco de esas palabras. Se sentó en la cama, abrazando sus propias piernas, intentando contener las lágrimas que amenazab