La habitación estaba en penumbra. Las cortinas permanecían corridas, negando la entrada de la luz matutina. Solo una lámpara de mesa, encendida con un tono cálido y melancólico, rompía con la oscuridad absoluta. En medio de ese espacio cargado de tensión, Margaret caminaba de un lado a otro, con el ceño fruncido y las manos apretadas contra los costados de su falda.
Las palabras de Alejandro aún resonaban en su cabeza como un eco constante, inquebrantable, molesto.
—¿Cómo se atreve? —susurró co